lunes, 28 de septiembre de 2009

Moby Dick

Moby Dick
o la ballena
Herman Melville



Obra maestra.

Para explicar tan contundente apreciación, haré uso del nombre de otra obra, y de otro autor, e ilustraré lo que entiendo por obra maestra en cuanto a Moby Dick, haciendo una pequeña metáfora. Selecciono a Lewis Carroll, y a su obra A través del espejo, en el que nos sumerge en un reflejo irreal de lo cotidiano y personal, nos distorsiona lo que vemos, hasta dejar de identificarnos en aquello que tenemos delante: nuestra propia imagen, nuestro propio yo.

Ejercicio arriesgado, por supuesto, pero sin riesgo no hay emoción, sin emoción no hay reto y sin reto no habría voluntad cayendo en autómatas.

Y esta es mi interpretación de Moby Dick, aventura y drama, exotismo y psicología… Moby Dick es un espejo, no la ballena, sino la obra. Es un espejo en el que el lector abandona inconscientemente su papel de testigo, arrebata la omnisciencia a la divinidad, ejercicio de humanidad descarnada, un realismo desmedido y una capacidad metafórica incomprendida en su época y dejada de lado en la actualidad.

Si hay una obra que yo recomendaría en los estudios de Humanidades, es precisamente esta. Y lo razonaré por partes:

Moby Dick es una novela, bien. Si me distanciara de este aspecto relativizaría la obra hasta tal punto que perdería el sentido original: entretener. Pero una novela de las que hay pocas, contadas con los dedos, un Quijote, un Moby Dick… Y pocas más en la historia de la literatura. Una novela que tiene un trasfondo, real o irreal, premeditado o casual, (ambos ejemplos son fruto de una escritura plenamente consciente por parte de sus autores, Melville y Cervantes), pero que estudian al ser humano desmitificándolo y casi diría radiografiando su moral.

En el caso que nos compete, Moby Dick, Melville hará uso de todos sus conocimientos vitales para escribirla. Hablará de balleneros que surcan los mares durante años para volver a casa con aceite de ballena, para usarlo como combustible e iluminar con él domicilios y ciudades. Años antes de escribirla, el propio Melville recorrería los mares a bordo de un ballenero adquiriendo una serie de conocimientos fundamentales para escribir esta novela, desde terminología marinera, de pescadores, supersticiones, mitos, leyendas y rituales supersticiosos de aquellos que se enfrentan al leviatán con sus propias manos para clavarle un arpón.

Según mi propia, (y subjetiva interpretación), Moby Dick trasciende el concepto de novela y lo catalogaría como uno de los mejores estudios sobre psicología humana. Un estudio sobre las motivaciones de nuestros actos, sobre las justificaciones de lo injustificable, sobre el comportamiento gregario de las masas, sobre la megalomanía destructiva, sobre la soberbia y la venganza, (de esta última hablé también en El conde de Montecristo), un estudio de psicología, pues todos estos rasgos serán detenidamente analizados en la novela.

También es un tratado de economía, (si se me permite), ilustrando cómo flotas enteras de balleneros se dejan la piel durante años para “cosechar” aceite de ballena, de cómo los astilleros se llenan de navíos desmedidos y una demostración de cómo Occidente depende de tan vano elemento para iluminar las ciudades en que cimenta su identidad, podríamos casi decir que es la ballena, con su sacrificio, la que ilumina a toda una sociedad.

Podríamos leerlo en clave sociológica, y entender el Pequod como una sede de la actual ONU sumando marineros variopintos de múltiples nacionalidades, ver cómo interactúan, cómo conviven, cómo se odian, se envidian, se admiran, desprecian, compiten y colaboran codo con codo cuando hay una causa común.

Cabría interpretar esta obra en clave enciclopédica, pues tan profunda (y en casos errónea), y detallada es la información que se nos brinda sobre la naturaleza de la ballena, y del tiburón, al que me referiré en breve.

Pero podríamos, sobre todas las demás claves, interpretarlo como un tratado psicológico, un estudio sobre el comportamiento humano.

Y en esta interpretación haré hincapié. Mención obligada al Capitán Ahab, capitán del Pequod sometido y condenado por la maldición de la ballena blanca, (cachalote), Moby Dick. Años atrás, (en la novela), cruzaron sus caminos y la ballena saldría ganadora del envite costándole una pierna y múltiples lesiones al capitán. Pero la más dolorosa, la que más persistirá en su ser, será la herida moral y psicológica, que irá mellándolo con el transcurrir de los años, el deseo de venganza, irreflexiva, llegando a dotar a la ballena de voluntad, personificando el mal en ella y obsesionándose hasta lo irreflexivo con la idea de consumar su venganza y perseguir a la ballena a lo largo y ancho del globo.

Ismael, un ballenero “novato” se incorporará a la tripulación del Pequod en su primer asalto a la ballena. Firmará un contrato y se irá forjando en él como ballenero que ama su profesión, por dura e ingrata que sea. Ismael conocerá a Queequeg, (un príncipe caníbal de una isla del Pacífico Sur, alejado de su clan para estudiar al hombre blanco y cristiano en su propio ambiente), el jefe de los arponeros del ballenero, ejemplar único, por exótico. Sacado probablemente de las propias experiencias vitales de Melville, quien conviviera durante algo mas de un año con una tribu caníbal en uno de sus viajes, y que abandonó por la puerta de atrás antes de ser invitado a su propio banquete, (como invitado y plato principal).

Con este amigo y con otros personajes secundarios, Ismael, (narrador de la aventura), nos irá metiendo sucesivamente en la psicología del Capitán, en su obsesión y en su perseverancia preguntando a cada colega de profesión con cuyo barco cruza estelas en el mar buscando siempre “una ballena blanca”. No puedo sino establecer un paralelismo con la Rima del viejo marinero, de Colleridge, la muerte de la bestia, (la ballena)y si no bestia, del inocente, (el albatros de Colleridge), que acarrea la penitencia de una condena segura. Penitencia que asume Ahab en su desmedida ansiedad por dar caza a Moby Dick. Y decía que siempre buscará obsesionado respuestas de otros capitanes, pues bien, llega su locura hasta tal punto, que al cruzarse con otro ballenero, el cual le pide auxilio para ayudarle a buscar a su propio hijo, lanzado al agua por un golpe de mar, Ahab le deniega el auxilio y parte inmisericorde tras su objetivo, sin dar media vuelta y sin sopesar la angustia de su colega y oficial quien lo maldice entre lágrimas.

Supersticiones, religiones, mitos… Dados los diferentes orígenes de los tripulantes del Pequod, veremos mucho de todo esto. Diferentes razas, diferentes credos, diferentes formas de entender lo trascendental y una única superstición, común para todos, la del marinero. Rico en males de ojo y en premoniciones. Ismael no parará de darle vueltas a la premonición que le hará un vagabundo en las primeras páginas de la novela.

Y mencioné antes a los tiburones, a los que me referiré brevemente pues en uno de los capítulos, tras hacerse con varias capturas en alta mar, se procederá al despiece de las ballenas y en medio de sus cuerpos, (pues se despiezaban en un costado del barco), tenemos una escena de tiburones rabiosos en una orgía de sangre de ballena: alegoría, según mi propia cosecha, del ser humano, cebándose en sus víctimas, en sus caídos, en sus trofeos…

Gregory Peck interpretó, (magistralmente), al Capitán Ahab en la adaptación de la novela en 1956 del director John Houston, recomendable para aquellos que no se atrevan a adentrarse en la lectura, por su fidelidad al texto, (e inevitables recortes por cuestión de tiempo y presupuesto).

Como colofón, me atrevería a recomendar igualmente otras dos lecturas del mismo Melville, aunque no fuera más que como paso previo para dar el salto y leer Moby Dick: Benito Cereno, (en donde dos imperios se pasan el testigo, uno decayendo, el español y otro futuro, el estadounidense en torno a una trama esclavista), y Baterbly el escribiente, (maravillosa obra que habla de la degeneración humana). En ambas encontraremos muchas pautas y premisas del propio Melville que nos ayudarán a entender Moby Dick en toda su extensión.

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